Pensamientos, resignaciones y ombligos


Cuando uno se pregunta cómo funciona el mundo, y cómo falla, se topa con un problema: no hay una respuesta concreta. Conservadores, izquierda revolucionaria, centroizquierda progresista, ultraderecha,  no tan a la izquierda, no tan a la derecha, extremos salvajes, regímenes, utopías, etc. Y todos tienen algo para contar.

Pero nada resulta tan atractivo como una buena teoría conspirativa. La bella y ferviente contracultura tiene algo nuevo para decir: estamos jodidos;  nunca, hagas lo que hagas, vas a cambiar nada… de todas formas tranquilo, que no es tu culpa.

Una vez que sabemos esto estamos hundidos pero serenos por no deberle nada a nadie.
Fuerte.

Lo bueno de todas estas teorías de resignación es que nos liberan inmediatamente del pecado ético de no hacer nada.
Lo difícil del pensamiento es que debe corresponderse con los actos, de lo contrario caemos en la hipocresía. Entonces resulta más conveniente erradicar todo pensar ruidoso y no tener un juicio que demande esfuerzos, que unirnos a algo que nos saque de la comodidad.

Una vez convencidos de que ya se ha escrito el guión universal con tinta indeleble, nos sentamos en nuestra silla preferida, nos acomodamos y nos llenamos de palabras que siguen grabando a fuego y propagando un único mensaje: sálvese quien pueda, este baile se baila así, y punto. Entonces se forma una nueva corriente de pensamiento estrafalaria, vaga y pedorra, mediante la cual podemos pasar horas desligándonos de responsabilidades y llegando siempre al mismo lugar: son ellos, los del poder, quienes nos tienen atrapados y siempre será así… que pena por quienes la pasan realmente mal. Y vamos a hacer lo nuestro.

Día a día, vemos más personas dedicadas a pensar que no hay nada más que hacer, que personas que al menos intentaron hacer algo antes de rendirse. Nos sumimos en la convicción de que es mejor seguir como venimos, total, antes de que la cosa se ponga fulera y el agua que ahora apenas nos llega a los talones (pero ahoga al que está más abajo) nos tape, vamos a morir y a otra cosa mariposa.

En el mejor de los casos, se tiene un deseo muy leve, cálido y de excelentes modales que susurra que sería hermosa la justicia, la muerte del hambre, y el nacimiento de la igualdad, pero el esfuerzo que esto requiere es tan sobrehumano e inútil que no vale la pena, porque ya nos dijeron claramente que el mundo gira para otro lado. Pocos son los valientes que hacen, y tristemente pocos son también los gentiles que dejan hacer, sin moverse pero sin estorbar.

Es posible pensar que la voz que narra las múltiples teorías de resignación no pertenece al anti-sistema que la empuña, sino al sistema titular, que nos necesita resignados, dóciles, sumisos y autómatas. Y lo consigue propagando basura cultural new age, erradicando el pensamiento independiente, instalando el consumo como regla fundamental del juego, convidando droga y miedo por doquier, devaluando (que es una palabra que a la economía le gusta mucho) el valor de nuestros actos, y si alguno se salvó de todo lo anterior es knockeado por la idea de que unos pocos mueven todos los hilos del planeta y querer que eso cambie solo traerá problemas, serios problemas.

Es posible pensar también que el esfuerzo que requiere un cambio es mucho menor si se reparte entre varios (millones) que si recae solamente en unos pocos soñadores. Pero se sospecha que este razonamiento habría perdido popularidad al descubrirse que no nos otorga el lujo de rascarnos el ombligo como si nada tuviésemos que ver con todo esto.        
   
Desafortunadamente, también saldrán algunos a decir que este texto pertenece alguna corriente de sumisión, que busca enfrentarnos hasta con lo más opuesto de los opositores de todos, y que realmente no vale la pena analizar mucho la cuestión.
Allá ellos.

Mientras tanto, el barco se hunde. Y nosotros (todos capitanes) nos hundimos con él.

Comentarios

  1. "El hombre más peligroso para cualquier gobierno es el hombre que tiene la habilidad de pensar las cosas por si mismo, sin que le importen las supersticiones o tabúes. Casi inevitablemente llega a la conclusión de que el gobierno bajo el cual vive es deshonesto, loco e intolerable, y así, si es un romántico, trata de cambiarlo. E incluso si no lo es, si es muy apto para extender el descontento entre quienes lo son. "

    H.L. Mencken

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