Musas (embrión de un prólogo)

Vivimos en tiempos en los que el ciudadano común y silvestre parece tener un doctorado en crítica pobre y destructiva. Hace planteos poco cuerdos, arrogantes y sin fundamento, basando inconcientemente su filosofía en que es más fácil ver que hacer.
La mayoría se gradúan en la inexistente universidad de todos los saberes y se transforman en amantes puros y fieles de aquello que brilla por su brutalidad.

Con menor frecuencia podemos encontrarnos con dueños de perspectivas un poco más profundas, las cuales resuelven en una opinión constructiva en casi cualquier área del arte.
Dicha apreciación suele ser tomada en primera instancia como un ataque, que a corto plazo se digiere y es descartado, o monta los cimientos de una posible frustración.
De todas formas, por más vil que parezca, la frustración es un medio tenaz de cambio, y quien no cambia con el tiempo no logra trascender jamás.

Es común el cuestionamiento previo a la crítica:
"¿De donde salió el producto?", "¿En que pensaba el autor?", “¿Posee la obra un trasfondo indescifrable?”, y demás incógnitos que no son capaces de sorprender a nadie. Son preguntas aceptables de primera instancia.

Es caballero quien se atreve a ir más allá e intenta averiguar sobre la real esencia. Busca una respuesta que lo deslumbre:
"¿Musas, señor?" Suele preguntar.

El autor, cada tanto, abre las puertas de su intimidad y se atreve a revelar la verdad:

"La pluralidad real del término ‘Musa’ es incierta. Quizás muchos son los anhelos y las ansias.
Pero... ¿Musas?
Musa hay una sola, y es sin duda el ánima deseada, capaz de transportar al artista a una realidad abstracta y, de a ratos, más trágica que cualquier otra.

El fracaso rotundo, constante y obsesivo inspira o destruye. Nunca se sabe cual de las dos facetas se apodera de uno. Tampoco cual es peor."

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