Maldiciones

Los filamentos lacerantes del día
trazando una reja diagonal en la pared
a través de la persiana baja.
Los ojos que se aprietan para no oír más
la siempre voz de mujer
que repite -pese a quien le pese- 
cien veces lo mismo
como un mantra de castigo.
Pedazos de conversación indescifrados,
frases sueltas que cruzan las sienes
como tiros de gracia,
y la lejanía de una música amorfa,
que termina de rajar el sueño
como a una tela gastada.
Otra vez los hijos de puta del primero
organizando un almuerzo.
Domingo once de la mañana,
a quién se le ocurre.

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