El artista y el negocio que los vivos llaman popular



La función de un artista no es entretener.
La virtud de un artista no es su narcisismo, su “qué se yo” mientras le toman fotografías.
El ángel del artista no es la belleza más perfecta, la sonrisa más grande, una guiñada o un par de piernas. El ángel del artista es ese texto escupido con misiles, esa pincelada intrépida, esa danza, esa nota, ese diálogo, capaz de estremecernos por completo porque sabemos que es cierto. El artista tiene ángel, pero sobre todo tiene frescura.

Narciso no era un artista, era un tonto. O no. Quizás era un visionario que se equivocó de época para vivir, ya que tanto nos equivocamos nosotros cuando alimentamos al monstruo con el control remoto, laureando productores con Ferrari y Narcisitos de voz suave y ojitos lindos, de cantar, bailar y actuar de un tinte popero que ya estamos podridos de ver pero vemos igual, que en el mundo de hoy hubiera sido felizmente otro fantoche galardonado de los medios.

La función de un artista no es entretener.

El artista es un elemento social, un actor más del día a día. Pobre del artista que, mártir de lo de pedorro y el espejo, vive en su niebla, dice sin leer, actúa sin pensar, critica sin saber, escribe sin criticar, interpreta sin crear, “triunfa” sin sudar. Pobre del artista que cuenta ingenuamente, que banaliza su mensaje y subraya el conformismo en la frente de su público, mientras ofrece más basura de la misma fábrica.
Un artista es un comunicador social, y como tal debe ser responsable e inquieto, ya que su función no es ayudar a matar el tiempo (gracias hacen los tarados) sino ofrecer una perspectiva de las cosas. Por lo tanto un artista no debe descuidar jamás su pensamiento, aunque esto, para gracia de los mercenarios del entretenimiento (los mercaderes de la cultura), que transforman al actor en marioneta y al arte en basura made in china, ocurra todos los días.
Sucede que el bichito del “mírenme” pica más fuerte que el del discurso crítico y ofrece resultados más inmediatos.
El arte genera identificación en las masas y coronar arte a una identificación superficial, es seguir ofreciendo a las masas el camino del consumo, de la moda, del pensamiento automático y trillado, del “que poco importan mis hermanos”. Y no se ustedes, pero yo no quiero esto para mi gente. No quiero un pueblo resignado. No lo quiero ni lo voy a querer jamás. Y repito: la función de un artista no es entretener.

El artista es artista (y no licenciado en marketing) porque hace y deshace, pregunta y responde, mira nuevamente el mundo, hace una pirueta y vuelve a preguntar, sin detenerse a pensar en la pena y en la gloria, en la oferta y la demanda, en el cartel y el auto nuevo. Pero esto no quiere decir que el artista no deba ser recompensado, porque claro, los artistas también comen, y es difícil masticar un aplauso.

El arte no es un entretenimiento, es un punto de vista de la vida, una voz más de esta tierra.
Un artista no es una marca, ni es un dios. El artista no se compra y vende, ni se venera. Se disfruta, se escucha, se critica, se ayuda, se valora, se respeta, se estimula, se fomenta. Siempre y cuando el artista sea consecuente y nos respete, y no intente vendernos llanto por liebre.

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