Anécdota

Nos deshicimos.
Colgamos nuestras capas negras por un rato,
bailando descalzos
mientras el vino nos bebía
y nos pintaba sin pasado.
Soltamos el peso de nuestros dedos
conjugados entonces en verdaderas caricias.
Falange tras falange,
sobre el contorno de su cuello
y viceversa.

Llegamos a un castillo,
donde vimos saltar un rey
desde una de sus torres
y romperse en cien partes,
mas juntando mayor felicidad
en su vuelo letal
que en el amargo refugio
de su aguada de espera
(su espera de qué, milord, su espera de qué).

Nos desdijimos.
Nos amamos poco, fuerte
y tan egoístamente,
que lo único que faltó fue que lloviera
del otro lado del vidrio
de nuestras burguesas comodidades.

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