No supiste hacer más

Algo te espantó:
no saber en qué parte del infierno
descansan los parias.

Juntaste frases sueltas como quien junta agua de lluvia,
y con todas las llaves que llevabas encima
fabricaste tu nueva jaula.
Las soldaste una a una
con tu propio desaliento.
Que iluso
creíste que así,
por lo menos,
no ibas a sentir el peso de los días.

Desdeñaste tus tres peores recuerdos
sólo con abrirlos y contarlos como algo menos perturbador.
Por miedo, te venciste con tono reflexivo
y masturbaste tus oídos
hasta que se te dieron vuelta los ojos.

No supiste esperar ni un segundo para pedir al
testaferro de tu verdugo
que devolviera lo que, decías,
había sido siempre tuyo.
Verdugo y sustituto rieron sin disimulo:
nunca nada te perteneció diminuto ser,
los esclavos no tienen derecho posesiones
y ser tu propio amo sin amarte
te vuelve automáticamente tu esclavo.

Esa es la suerte de los que disparan en dos ejércitos,
salen a ensanchar fronteras
pero vuelven con los bolsillos llenos de traiciones.
Y para la hora del knock out, 
sólo cuentan con su alter ego hueco.

En un ocio intelectual
te embadurnaste en preguntas recién vueltas a la vida
para sentir algo de calor cerca del pecho,
pero ahora lidiás con recomponer el rostro
que se quedó pegado a la cara interna de la máscara que te sacaste,
mientras las preguntas se desparraman todas por el piso.

La oscuridad te vino a buscar otra vez
y no supiste hacer más que besarle las manos.
Pobre de vos.

No intentes repitiéndote,
y vendrán tiempos mejores.

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